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Título Noticia
21-09-2009

“Chato y Galán” (Publicado en El Comercio el 18/09/09)

“Chato y Galán”
Manuel Nevares Vega
Ingeniero Técnico Industrial y Empresario

Así se llamaban los bueyes que componían la yunta de mi padre de que yo guardo el recuerdo más lejano. Y más tarde otra pareja cuyos nombres eran “Alegre y Romero”; éstos eran de raza “tudanca”.

Con su paso pausado y firme, movían “el mundo”. Uno en su infancia lo ve todo grande, enorme. Y así me parecían los bueyes a mí. Enormes y mansos, aunque la pareja “casina” o “roxa” era un poco desigual. El Chato era más menudo, pero trabado y valiente como un “Pegaso”. El Galán era más grandote y más feo. Yo tenía predilección por el Chato. En cuanto a los tudancos, eran una pareja perfecta, clavados en todo: color, tamaño, mansedumbre, valentía, fuerza y nobleza. Las astas eran idénticas en ambos, y como las tenían tan enormes y fuertes, como ansiaban la ración de pienso cuando se les desuncía y se les prendía al pesebre, para evitar que al cebarlos te lastimaran con los cuernos, no por embestir o cornear, sino por el ansia de llegar al pienso que les ponías, previa la ceba se les daba un toletazo en una de las astas. Así desde erales, de tal manera se acostumbraron que, si no les dabas el toletazo (de poca intensidad, la verdad) no comenzaban a comer, aunque ya lo tuvieran delante de sus morros.
Mansedumbre y nobleza, ya digo; y una ayuda impagable a los hombres del campo y a los carreteros cuyo “modus vivendi” era la “pareja” y el carro con el que se ganaban la vida, sobre todo acarreando madera, sacándola de los rincones más “rigüetos” de la geografía aldeana y montuna.
Siempre les tuve especial cariño a estas parejas que desaparecieron hace ya muchos años, arrumbados por el progreso y la tecnología.
Cuando en la década de los ochenta, viajé al Pais Vasco por primera vez, me encantó descubrir aquellos restaurantes míticos donde la cocina es el escaparate del negocio. Esta está a la vista del cliente y entre otras viandas ofrecían chuletón de buey.
A mí me llamó mucho la atención porque bueyes, bueyes, aquí ya no quedaban a no ser alguna yunta de “adorno” para conmemoraciones y fiestas etnográficas…
Pregunté y me dijeron que allí y en Navarra los criaban para la restauración. Otros – peor pensados – lo que decían era que en realidad dicha carne procedía de vaca vieja. Sea como fuere, los chuletones de “Farketa” eran excelentes al paladar.
Viene esto a cuento – ojo al dato – porque leo que en Cuba “restauran” la pareja; la pareja de bueyes, pero no para la restauración precisamente. La crisis de combustible que afecta a la isla inutiliza los tractores y no ven otra salida que la yunta. Ya tienen formadas a casi dos mil parejas y ahora están formando a los boyeros, es decir a los carreteros, ya que ésta era una profesión extinguida, que ahora cobra auge y cotiza al alza.
La noticia se me antoja importantísima; una revolución cuya rotonda tiene una longitud de circunferencia de cincuenta años, sin más salida que la entrada de entonces. Pobre pueblo cubano, caminando por esa rotonda para salir por donde entró y divisar en el campo cada vez más yermo, la yunta de entonces. ¡Y pensar que hace más de cinco décadas, el sátrapa de entonces vivía ya como el de hoy en día!...
Tanto viaje para tan poca alforja, nos embarga de emoción y de tristeza.
De otra parte alguien pudiera pensar que serán los cubanos de los primeros en contribuir a la mejora del medio. Además del azúcar y del tabaco, exportarán “buen ambiente”, menos CO2 y menos humos.
Sin embargo un prestigioso profesor universitario – eso sí, yanqui – respondía en una entrevista que le hicieron hace ya muchos meses que quienes más contribuían a la generación del dióxido de carbono eran precisamente las vacas. Cierto que hablaba de las vacas, no de los bueyes; pero me temo que en este caso el “género” tanto monta, monta tanto. O sea, que la sustitución del escape del tractor por el de la yunta, respecto al cambio climático no traerá beneficio…
Ahora bien, quiero encontrar alguna ventaja: El nivel de ruido descenderá considerablemente; las prisas también. El estrés desaparecerá, porque los bueyes tienen un paso del que no se les saca ni con la “guiyada”. Y todo irá a mejor. Si no, al tiempo. ¿A qué tanta prisa?
¿Y aquí? Pues aquí, menguadas las arcas comunes (y las privadas) y ayunos de petróleo como los de la isla, cuidado porque en cualquier momento pudiera aparecer como profesión al alza y bien remunerada la de boyero. Acá suena mejor como siempre: “carretero”.
Yo aún conservo la última “guiyada” que usó mi padre. Algo es algo.

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