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Título Noticia
14-10-2010

Cuando Vulcano cerró su fragua (Publicado en El Comercio el día 14/10/10)

Cuando Vulcano cerró su fragua

Ya tengo escrito otras veces el refrán que mi abuela usaba con frecuencia, cuando el tiempo venia a demostrar algo: “Al final del canal, aparecen les truches”.
Conocí Astilleros Juliana de cerca, de dos formas; una por fuera, porque mi tía madrina Luz vive enfrente y desde su casa yo veía aquella especie de Caballos de Troya que a mi temprana edad, me parecían las ciclópeas grúas. Los ruidos propios de la actividad, los sonidos metálicos y las sirenas…en fin, una actividad que se reflejaba en todo el Natahoyo con el ir y venir de gentes, tráfico, bares, negocios… trabajo y vida. Esta sería, pues, la forma romántica; el preludio de mi primer recuerdo del asunto. El epílogo de esta primera forma, tuvo lugar el otro día, cuando aparqué mi coche en una de las calles del barrio que mueren contra el cierre terrenal del astillero: Desolación, silencio, vacío; los “caballos”, inertes. Confieso que un escalofrío recorrió mi cuerpo.
La otra forma de conocer Juliana fue por dentro. Estábamos en primero de Ingeniería y un compañero y sin embargo amigo, Antonio Novoa, hijo del “Ruso”, nos invitó a Acebal, a Madrazo y a mí a visitar el astillero que dirigía su padre. No nos lo creíamos pues nos parecía un lujo inalcanzable. He aquí el “prologo” a la segunda forma: El primer contacto de unos estudiantes de Ingeniería con una gran industria.
Esperábamos encontrarnos a un señor alto, trajeado y nos recibió un señor con mono azul con casco y sin corbata.
Era el Ingeniero Director del Astillero creo recordar, al que llamaban “El ruso”, porque había sido “niño de la guerra” de los que fueron para la extinta “URSS” y allí estudió Ingeniería Naval.
Después de llevarnos a la Oficina Técnica y explicarnos sobre planos lo que tuvo a bien, nos facilitaron unos monos y unos cascos y nos llevó a visitar un barco en construcción.
Recorrimos aquel laberinto donde cientos de operarios se afanaban en los distintos oficios y a nuestros ojos de jóvenes estudiantes nos pareció un mundo inabarcable; de proporciones gigantescas…
Aquel hombre sencillo, enjuto, dirigía aquel mundo con gran autoridad y con gran aplomo, de tal manera que la fama del astillero trascendía al mundo entero.
Si aquel día me dice un hijo de Poseidón que treinta y tantos años después iba a estar yo escribiendo la necrológica del Astillero Juliana, le hubiese tomado por orate.
Sin embargo ha sucedido que aquella industria ha sucumbido a manos – según parece de muchos – pero el nombre que más suena es el del Dios romano del fuego y de la metalurgia. Tremenda paradoja: Vulcano apagando la fragua de Juliana.
Les invito a contemplar el lienzo de Velázquez y tal vez obtengan de su contemplación las claves del “apagado”: El hierro candente es el barco en construcción; dirigiendo la operación el Dios Vulcano. El resto de los personajes, todos atienden al Dios y todos parecen ocupados y al fondo, el fuego de la fragua destaca bien encendido.
Esta imagen bien pudiera entenderse como que Vulcano acaba de llegar al taller y da claras instrucciones.
No se por qué, empero, yo hoy veo que el acero sobre el fuego ha enfriado; los destellos sobre la cabeza de Vulcano han desaparecido. Los operarios se niegan a golpear el metal que cada vez está más negro. Y el que atiende la fragua parece que está entrando en la misma trayendo malas noticias…
El personaje de la derecha, se me antoja que está llevándose los bártulos y vaciando la fragua que al fondo, está definitivamente apagada.
Pues resulta que Vulcano era una falsa deidad y algunos de los trabajadores falsos operarios. La armadura – la tecnología, los barcos, etc. – es “facturada” y sacada de la fragua dejando ésta vacía.
Otra contemplación permite ver a uno de los personajes, como de Wall Street – adivínenlo, es libre interpretación -.
Probablemente Vulcano les está diciendo: “Esa construcción, (así les llamaban con un número detrás) la que está sobre el yunque, nos la llevamos de aquí.” “¿A dónde?”. “A otra fragua” “Pero si esa otra fragua es inferior a ésta” “Obedeced, que a Dios no se le contraría”.
Y así, la fragua apagada, los ciclopes o caballos de Troya parados, muchos obreros prejubilados y otros supongo que en el paro. Las auxiliares cerradas o quebradas y la culpa soltera: Pymar, Ministerio, Principado, banca, sindicatos….
La próxima maniobra me parece de tan alto riesgo como cuando botaban la “construcción” correspondiente en el Astillero. Nadie soy para dar consejos, pero también decía mi abuela que “vale más ser cabeza de ratón que cola de león”.
Lo cierto es que a Juliana, entre todos… la mataron, que ella sola no murió. Y aquí acabo de escribir, muy a mi pesar, el epílogo a la segunda forma.

Fdo. M. Nevares

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