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Octubre 2017
Plan Renove Gas 2017

Julio 2017
Nuestro Penúltimo héroe (Publicado en El Comercio el día 10/07/17)

Julio 2017
Publicación en el BOE del II Convenio Estatal del Metal

Mayo 2017
Un Tal Pelayo... (Publicado en El Comercio el día 30/05/17)

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Título Noticia
20-07-2013

Va para un siglo (Publicado en El Comercio el día 20/07/13)

VA PARA UN SIGLO
(Algo hemos cambiado)

Hoy se cumple el 92º aniversario del desastre de Annual, donde más de 10.000 soldados españoles perdieron su vida en una tierra árida, escarpada, yerma, seca, inútil y ajena.

En agosto de 1996 pasábamos unos días en Cantabria y una mañana gris y orbayona deambulando por los soportales de Castro Urdiales, di en el escaparate de una librería con “Annual 1921. El desastre de España en el Rif”, de Manuel Leguineche. Unos días antes había leído una reseña del libro en la prensa; así que lo adquirí con gusto y lo leí con avidez y fruición.

Y ello, porque esta historia me interesó desde niño: Tuve vecinos que hicieron esa guerra y me la contaron en primera persona, si bien tendían, como en las historias de la mili, a recordar y a reseñar lo más grato. La memoria es selectiva. Y también pienso yo hoy que, al tratarse de “audiencia menuda”, el relator o narrador nos contaría aquello que a nuestra edad conviene que escuchemos: que engañaban a los moros cambiando las etiquetas de las latas de sardinas a las de la fabada y gracias así.

Pero también que los de la chilaba eran unos traidores que actuaban “por detrás, a lo zorro”; duros como peñas, sufridores y resistentes al hambre y a la sed sin parangón y cobardes en el cuerpo a cuerpo… No dudando en rebanar el cuello al español al descuido. Y la sed, esa sed pertinaz, que les hacia soñar con las fuentes de su aldea, hasta la locura.

Mi magín de niño, creo que de todos los niños tocante a la guerra, era, (no sé si sigue siendo) de lo más calenturienta; así que fui creciendo con el Rif en mi cabeza. Luego en los estudios reglados ya estudias la historia de España y siguió interesándome.

Por eso leí con fruición el libro de Leguineche aquel verano de 1996. Y lo releí estos días de julio de 2013; me gusta releer mis libros favoritos y éste lo es. Me fascina el tema y tengo en alta estima a su autor y confieso que aun recordando datos desde entonces, el relato releído me pone hoy los pelos de punta aún.

La locura y el desgobierno de unos políticos corruptos; un ejército – también corrupto - dividido en Junteros y Africanistas, una nación destartalada, devastada después del 98 en que definitivamente pierde los últimos restos del “Imperio en el que nunca se pone el sol”. Más de un 50% de analfabetismo sólo en los hombres – los soldados no sabían ni dónde estaban – con caminos de sangre en la Península… En fin con estos y otros mimbres que sería prolijo exponer aquí, se compuso el cesto del Rif.

Unos jefes militares con ganas de desquitarse de lo de Filipinas y Cuba, pero que se distinguían más en los cafés y en los bailes, luciendo sus condecoraciones, que estudiando el terreno, la táctica y la estrategia.

¿Qué hacíamos en el norte de África, fuera de las Plazas de Soberanía y otras menores? Se trata de llenar el “vacío espiritual que suponía la perdida de las últimas colonias”: Cuba, Filipinas y Puerto Rico. Pero ya en 1859 andábamos a la greña con los del norte de África, de cuya guerra dijo Azorín que “Habíamos de luchar contra cuatro enemigos: el moro, el cólera, la lluvia tempestuosa que anegaba las tiendas de campaña, y el hambre”.

Francia y España controlando – desigualmente – un Protectorado que no manaba precisamente leche ni miel, aunque se prometieran un subsuelo lleno de yacimientos de los más diversos y apreciados minerales….

Allí estaba nuestro ejército, mal pertrechado, aunque mucho mejor que el del traidor Abd el-Krim, pero menos efectivo como bien se demostró y eso a pesar de que nosotros inventamos la guerra de guerrillas…

Traidor, sí, pero sin embargo él luchaba en su tierra y con los suyos: la cábila, la harca, el Gurugú son palabras moribundas hoy en nuestro lenguaje, pero el que esto escribe las escuchaba en boca de los mayores, cuando niño, para referirse con desprecio a malos asentamientos o infraviviendas, a una reunión de personajes poco recomendables, o a un paraje en alto, despreciable y feo, respectivamente.

Allí, repito, quedaron a merced del implacable sol o de las lluvias torrenciales, de los buitres y del viento más de 10.000 españoles que ni sepultura pudieron recibir. Aún resuenan los ¡ay madre mía! de los pobres soldados dejados de la mano de Dios por unos mandos que no supieron mandar; que mucho abarcar y poco apretar. Que tuvieron que beberse sus propios orines con azúcar ante la ausencia de agua.

Hay una fotografía del general Berenguer, alto comisario entonces – que años más tarde llegaría a ser Presidente del Gobierno de España – de visita al monte Arruit recién conquistado, con los restos de los soldados muertos y carbonizados a los pies suyos y de su séquito, donde aparece con algodones en los orificios nasales para paliar el olor que desprenden los cadáveres. Por lo menos el general Silvestre - que de todos modos fue el que desparramó el ejército y cuya estrategia ha sido duramente criticada por alocada y falta de rigor, tuvo el honor – si cabe – de morir en Campaña. O eso comentan.

Honor y gloria a nuestros soldados casi cien años después. Suscribo las últimas palabras del libro de Manuel Leguineche:”Que Dios guarde a unos y otros”.

Un siglo después, un nieto de Alfonso XIII, se encuentra en esas tierras, en misión completamente diferente. Del telegrama enviado por su abuelo a su general Silvestre “olé los hombres”, al mensaje de su nieto don Juan Carlos a su homólogo marroquí: “España puede contribuir a la modernización de Marruecos”, reconocerán conmigo que algo hemos cambiado…


Fdo. Manuel Nevares

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